Exorcisándome

Quienes me conocen (y quienes no ya se enterarán luego de que lean mi libro), saben que soy muy apegado a la numeralia: que si el tercer aniversario de esto, que si faltan 50 días para esto otro…; por tanto, imposible no encontrar en el día de hoy, a 13 años de aquel evento que transformó mi existir, un motivo para añadir dos neuronas más a la reflexión que me provoca.

La misma tiene al menos un par de semanas girando alrededor de que al ser ya 13 años, un número al que popularmente se le han atribuido connotaciones cabalísticas, sea ‘tiempo’ de sacudirme el maleficio bajo el cual he permanecido desde entonces, en un incompleto duelo por lo que perdí y falta de aceptación de lo que recibí. Entiendo, y desde luego en parte por mi profesión, que en estas cuestiones no hay tiempos ni medidas establecidas, pero tampoco es válido, mucho menos saludable, cargar con los pesares eternamente.

Ayer mismo caía en cuenta que no me duele tanto lo que pasó sino lo que he dejado de hacer, y cambiarlo está completamente a mi alcance. Por encima de lo trillado que resulta la auto-motivación y los discursos de superación personal, es auténtico hay un cúmulo de circunstancias que está en mi decisión su curso, y aunque suela infravalorarlo, voy para un par de meses que asumí con gusto y convicción tomarles las riendas y encausar mi andar de modo tal que recupere la calidad de vida que he venido dejando en pedazos por el camino. Si me toma otros 13 años recuperarla, no serán años de esfuerzo en vano. ¿Me acompañas?

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