San Vicente Leñero, ora pro nobis.

A Vicente -como a tantos otros escritores que se han colado a mi íntimo círculo de predilectos- lo conocí «algo grande» (tanto él, como yo). Y por conocer me refiero a cruzarme por vez primera con una de sus obras, mientras deambulaba en la Librería Universitaria de la UANL no con el mayor de los ánimos en busca de alguno de los libros de consulta que requería para mis estudios de Derecho, teniendo en aquel entonces 17 años de edad.

El título por sí mismo bastó para atraer mis ojos hacia él: «El evangelio de Lucas Gavilán». Contundente, explicativo, sátiro…; la breve reseña que acompañaba la contraportada fue el remate necesario para desembolsar el costo del libro -ignoro si encontré el que me llevó a pasear por aquella librería-, y en cuanto abordé el camión que me trajera de vuelta a casa comencé a consumir sus páginas, con tal sorpresa y regocijo por lo ameno de su lectura, lo atinado de sus analogías y la fresca, humorística e incluso reflexiva adaptación al mexicano del texto atribuido al apóstol Lucas casi 2,000 años atrás.

Posteriormente, en el atar cabos por conocer al recién descubierto autor de tan fabuloso texto, descubrí que el Leñero en cuestión también contaba en su haber con una novela titulada «Los albañiles», de la cual tenía la fortuna de conocer su formidable adaptación cinematográfica (dirigida por Jorge Fons). Además, colaborador en los guiones de Mariana, Mariana, Miroslava y El callejón de los milagros (sumándose posteriormente a la lista La ley de Herodes y El crimen del padre Amaro).

Ingeniero civil de profesión e inmerso en el mundo de las letras para ganarse la vida –según cuenta la Wikipedia, advierto-, posee Leñero, como lo tuvieron Monsivais y Pacheco, la virtud de retratar en palabras el espíritu dicharachero, popular, sabrosón vaya, del mexicano más común que corriente, y no por ello ausente de motivos para llenar de sabor a la vida y afrontar hasta con gusto las chingas cotidianas esperando el momento -que puede jamás llegar- de que le cambie la suerte.

Sigue viva en mí la imagen de aquel resucitado Jesucristo Gómez, que en el asiento trasero del microbús, le explica a un par de acompañantes «los misterios divinos» al tiempo que comparte con ellos unas sabrosas mandarinas, para después bajar de la unidad dejándoles henchido el corazón. Así me resulta pasar ante mis ojos cualquier texto de Leñero, gustoso de saborear y alimentar mi espíritu con su estilo, anhelante de poder también contar, algún día, con su gracia para narrar extraordinariamente hasta lo más ordinario.

Feliz cumpleaños, Maestro, muchos días d’estos más.

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