Silvio y yo

Tan cerca… y tan lejos

«¿Creerás que Silvio Rodríguez vive a cuatro calles de aquí?», me dice emocionado Javier un mediodía de enero del 2002, mientras me esforzaba por subir el poco inclinado pero largo trayecto entre la entrada del gimnasio y la alberca que conservaba el logotipo de Bacardi, antiguo propietario de las instalaciones en las que se alojaba el CIREN desde su fundación en 1989.

Pero, ¿qué me tenía en ese momento ahí y no en otra parte? Me remonto a algunos meses atrás, con más puntualidad a la mañana del 9 de agosto del 2000 en el que junto con otros acompañantes sufrimos la volcadura de la Combi en la que viajábamos, cerca de la ciudad guanajuatense de Salamanca, dirigiéndonos del Distrito Federal a Guadalajara con escala en Irapuato, a donde no pudimos llegar. Al ir ocupando el lugar de copiloto y recibir el impacto directo el vehículo en su esquina delantera derecha -justo de mi lado-, en la volcadura mi cuello se comprimió contra el capacete resultando fracturada mi quinta cervical con la consecuente sección medular que me provocó una cuadriplejia que desde entonces me acompaña, y si bien no puedo negar ha vuelto por momentos muy oscuro mi panorama vital, otros tantos ha estado lleno de color y luminosidad que no tengo palabras para agradecer.

Sin desviarme mucho del motivo que me tiene escribiendo estas líneas, me adelanto al 2 de diciembre del 2001, fecha en la que se conmemora el desembarco del Granma en costas orientales (aquella ocasión en su 45 aniversario), y día a partir del que estuve en La Habana por 12 semanas para recibir un tratamiento integral de rehabilitación en el mencionado CIREN, al que llegué por la valiosa intervención del Padre Jaime Reyes Retana, hermano inseparable y hoy día consagrado al rescate y promoción humana de chuecos a tiempo completo a través de Don Bosco sobre ruedas. A pesar de estar próximo el invierno, el clima se manifestaba de lo más agradable -dicho por alguien que ha pasado Navidades a 35°C y Años Nuevos a -2°C- y el estar de manera física en uno de esos lugares del planeta que desde pequeño has imaginado conocer (la causa quizá más de uno la infiera, como pista tiene que ver con cierto modelo económico) resultaba el más excelente de los motivos para participar de lleno en cada una de las actividades de rehabilitación a las que estaba por someterme, la más importante de todas, el convivir con otros jóvenes que como yo veían fracturada -literal y figuradamente- su vida, y por encima de ello hacían acopio de fuerza física, moral y emocional por comenzar los cimientos de su reincorporación al mundo tal cual lo conocemos.

Javier llegó a La Habana la segunda semana de enero del 2002 para relevar a mamá en la guardia con la que debía contar como paciente del CIREN, es decir, un acompañante (Guadalupe –profesora por 28 años- estaba por reanudar el período escolar posterior a las vacaciones de fin de año). Un gesto en definitiva hermoso de su parte por de él y Ana Cristina, quien también pasó conmigo una semana entera -la siguiente después de Javier-, para luego estar «yo solo» por tres más con el consentimiento del personal de enfermería de la sección en la que estaba internado, hasta que volviera mamá por el hijo pródigo y traerme de vuelta a Monterrey.

Acomodándome de nuevo en el tiempo/espacio de la anécdota con la que arranqué, recuerdo la cara de emoción de Javier, ferviente admirador de Silvio al menos ya por un par de décadas en aquel entonces, y la invitación a rodarle hasta la casa en cuestión por el dato que le había compartido uno de los empleados del CIREN. Apenas me desocupé nos dirigimos a recorrer las calles del en otrora suntuoso refugio de empresarios norteamericanos asentados en la zona, entre ellos los dueños del consorcio vitivinícola ya mencionado. Las casa estaba en una esquina y si no lujosa, podía distinguirse del resto por el cuidado de su apariencia exterior y silencio, característica no tan común entre la población cubana, más bien dada al bullicio y jolgorio. Llamamos a la puerta y a la voz que nos respondió por el intercomunicador le preguntamos sin reservas por Silvio, agregando que éramos un par de mexicanos admiradores de su música y estábamos instalados en las inmediaciones. Lo anterior no sirvió en absoluto para favorecer un posible encuentro con el trovador pues nos fue comunicado que tenía ya algunas semanas sin estar por el rumbo y no se le esperaba por otras tantas, lo cual nos provocó una ligera desilusión.

El único concierto de trova del que me llegué a enterar en los tres meses que radiqué en la isla se celebró en el Teatro Karl Marx el 1 de enero del 2002, con Pablo Milanés como carta fuerte, y desde luego, por la relevancia del evento, sin la oportunidad de hacerme de una entrada. El regalo musical que me traje de aquel viaje es la bella música de Liuba María Hevia, que conocí una noche que seguía por televisión la transmisión de una velada musical llevada a cabo frente a las oficinas de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, a las orillas del Malecón, evento convocado en apoyo a cinco cubanos presos en Gringolandia por cargos de espionaje en su territorio desde septiembre de 1998. Al día de hoy siguen privados de su libertad.

Victor Esparza01

Un comentario sobre “Silvio y yo”

  1. Buen Victor. Me sorprendes más allá de las palabras. Más allá del coincidir.de la experiencia. Hasta la sintonia. Te quiero mucho. Te mando abrazos

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