Silvio y yo

En vivo, VIVO

Tan ajetreado entre trabajo, universidad y otros menesteres imagino me encontraba, que fue Griselda quien se encargó de enterarme del concierto que tenía programado Silvio Rodríguez en la Ciudad de México el siguiente mes, la noche del sábado 7 de mayo del 2005, añadiendo un preciso: «Entonces, ¿vamos o qué?».

La invitación no sonaba en absoluta descabellada. Escuchar a Silvio en vivo era una invitación que no podía echar así nomás en saco roto, si bien implicaba salir por vez primera de casa sin la tutela familiar, desde luego con su compañía y el socorro de Pepe, en quien pensé de inmediato para poder llevar a buen puerto el viaje. Residiendo en el DF en casa de Chela su hermana desde septiembre del 2004, tendría primero que consultarle qué tan probable era que nos gestionara con ella el alojamiento por una noche, además de la posibilidad de ir por nosotros al aeropuerto, movernos hasta el Auditorio Nacional, y al día siguiente llevarnos de nuevo al aeropuerto. Ya de pasada, acudir a las instalaciones del Auditorio para adquirir las entradas en la zona para silla de ruedas. Pero son de esas cosas que sé puedo pedirle a Pepe y 9 de cada 10 veces escucharé un «Va».

A la par de encontrar viaje a buen costo por la ya inexistente Líneas Aéreas Azteca (suspendida de manera definitiva en marzo del 2007 por incumplimiento de los estándares de seguridad requeridos, gulp), pocos días bastaron para enterarme que Pepe tanto contaba con las entradas para la zona requerida como estaba su hermana en la total disposición de recibirnos, y él con el par de días -y el coche de Chela- disponible para los traslados requeridos. El pequeño detalle es que el depa en cuestión se ubicaba en el tercer piso de un edificio sin elevador, y sacando fuerzas del más allá, mi amigo asumiría las tareas de subida-bajada al/del departamento. Podremos tener nuestras rachas de odiarnos, pero detalles de ese tipo no tendré nunca cómo pagarle.

Los días para la fecha del concierto se pulverizaban uno a uno, y en menos de lo que imaginé ya estaba dándome una manita de gato para salir del departamento de Chela rumbo al auditorio, sin ningún contratiempo hasta ese momento. La operación logística ya estaba tamaleada por Pepe, y para acceder al inmueble ingresamos a su estacionamiento subterráneo, para utilizar el ascensor que te lleva al atrio del auditorio. Una auténtica fiesta se vivía en el lugar, y para nosotros, provincianos al fin, resultaba toda una novedad encontrarnos ahí. Recorrimos el camino con lentitud, fotografiándolo en cada mirada. Nos colocamos en el comienzo de la representativa escalinata del sitio para disfrutar de la vista hacia Reforma, y voltear con la mayor de las paciencias para tener ante nuestros ojos la icónica fachada del edificio. Habremos consumido alrededor de 20 minutos en dicho transe cuando nos conducirnos al interior para ocupar nuestros lugares.

Quien ha visitado el Auditorio Nacional sabe que entrar por primera vez a él resulta una experiencia excitante, en la que va de por medio el estar en las vísperas a la presentación de alguna de tus agrupaciones musicales preferidas, por lo que el acto reviste de una emoción no cotidiana y que dispara la adrenalina. Añada usted que al músico por presentarse se le profesa una altísima admiración de años atrás, y añadiendo la compañía correcta, aquella noche pintaba para un momento orgásmico. Y lo fue.

Después de algunas interpretaciones por parte de un par de músicos que fungieron como teloneros del evento, y mismos que lo acompañaron a lo largo del concierto, al aparecer en el escenario y saludar, los acordes de una de sus más recientes canciones comenzaron a  desprenderse de su guitarra para acompañar a los primeros versos cantados por su boca: Mi casa ha sido tomada por las flores, pasa poco pero pasa, compadre… Y así, como maíz desgranándose, fueron flotando una cascada de canciones por la amplia bóveda del auditorio hasta las almas de los 10,000 devotos congregados que respondíamos cantando cada uno con la mayor de las intensidades que la memoria nos permitía, con los respectivos intervalos que el trovador se daba para compartir anécdotas, reflexiones y hasta sencillos chascarrillos que resultaban también ovacionados.

Imposible describir las emociones que me recorrieron el cuerpo al escuchar mis consentidas -entre las que se cuentan Playa Girón, Te doy una canción, Ojalá, La canción del elegido…– para terminar de manera majestuosa con El necio, esa que he adoptado como mantra personal. Pero sí quiero detenerme en el momento que antecedió a la interpretación de una de las pocas que hasta ese entonces desconocía. La anécdota contada por Silvio (y que dio origen a la canción) nos remontó a todos los asistentes -sumidos en un murmurante silencio por la vehemencia de cada uno por abrazarnos a las palabras brotadas de los labios del trovador- hasta La Loma, barrio del municipio San Antonio de los Baños, ahora perteneciente a la Provincia de Artemisa (a 26 kilómetros al sur de La Habana), en el que Silvio nació. A sus 10-11 años de edad, el entretenimiento favorito de la palomilla era volar papalotes, y si era alguno de los fabricados por Narciso El mocho mucho mejor, curtido artesano local –dado a la indigencia- que lo mismo fabricaba un cometa que guantes y huleras, aprovechando los pocos centavos que cobraba para refugiarse en El sol de Cuba a beber cerveza, aguardiente o ron según le alcanzara. Es en 1972 cuando Silvio decide inmortalizar este recuerdo de su infancia y la mítica figura de Narciso en la emotiva canción El papalote, que por la respuesta del público parecía sólo yo desconocer, y sin embargo, me dejé mecer con su canto para llevarla desde entonces entre mi sangre.

Una noche el respeto
bajó y te puso bella corona
–respeto de mortales
que, muerto, al fin te hizo persona–.
Pobre del que pensó
–pobre de toda aquella gente–
que el día más importante
de tu existencia fu el de tu muerte.

Están por cumplirse nueve años de aquella noche, y escuchar una canción de Silvio me traslada en algún momento de su duración hasta aquel momento mágico que pude escucharle en vivo, único hasta la fecha. Ahora que aún lo recuerdo escribo para no olvidarlo, pero quizá algún día vuelva a repasar estas líneas con las nostalgia con la que se visita al pasado.

Victor Esparza03

Un comentario sobre “Silvio y yo”

  1. Buen Victor. Me sorprendes más allá de las palabras. Más allá del coincidir.de la experiencia. Hasta la sintonia. Te quiero mucho. Te mando abrazos

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