El Día D(e volver a vivir)

«Cuando despertó, la silla de ruedas todavía estaba allí».
—Actualizando a Monterroso.

I.

Sandra llegó como de costumbre, una noche sí y dos no, a cubrir su guarda nocturna en el Hospital Santa Margarita, donde laboraba desde hacía dos años. Antes de pasar a terapia intensiva y comenzar su turno se dirigió al vestíbulo de empleados, dejó su mochila y vistió su chaleco de enfermera. Se lavó las manos en el sanitario contiguo y caminó por el pasillo que separa su área de trabajo del resto del edificio.

Entrar a la sala de terapia intensiva del Santa Margarita es internarse en un santuario escrupulosamente resguardado por la madre Silvia Valle, su supervisora desde 1975. 25 años en los que esta monja zacatecana ha pasado hasta 20 horas continuas entre sus paredes, vigilante de todos los detalles que faciliten la atención que médicos y enfermeras brindan a los 8 pacientes para los que cuenta capacidad. 25 años que día a día ha dejado un pedacito de su alma en cada persona que ha recibido.

Se acercaron Sandra y Laura (la otra enfermera de la guardia nocturna) con Mary, quien las puso al tanto del estado de salud de los tres pacientes que ocupaban la sala. -Por cierto -agregó-, va llegar un ingreso en un rato más, no tarda en venir la madre para informarles bien. Sólo sé que está muy delicado, así que ¡suerte, muchachas!-. El anuncio no les causó sorpresa, acostumbradas a lidiar con ese tipo de situaciones.

Y en efecto, poco antes de las 11 pm apareció la madre, fuera del horario acostumbrado pero siempre llena de energía en circunstancias como la que estaba por presentarse. Aunque por su estado de salud le habían recomendado que fuera cautelosa con sus horas de descanso, llegó con su usual estrictez a la sala, recorrió con la mirada a los pacientes ingresados y se acercó al módulo de enfermeras.

-Hola señoritas -dijo con voz baja pero apresurada-, vayan preparando la cama 1. Nos trae el Dr. Juan Luis a un muchachito que viene inconsciente y con traqueostomía, llega en media hora-. Tras escucharla, en pocos minutos tenían equipado el habitáculo 1 con todo lo necesario para recibirlo. Sandra revisó su reloj, eran las 11:13 de la noche.

25 minutos después llegó a Urgencias una ambulancia EMME, de la cual bajaron la camilla con un paciente y 6 personas rodéandola, entre el Dr. Juan Luis Soto, paramédicos y personal del hospital. Con agilidad se trasladaron hasta el área de terapia intensiva y con un entrenado movimiento lo desplazaron a la cama hospitalaria. Llegó el momento para Sandra y Laura de entrar en acción.

Con envidiable destreza hicieron el intercambio al respirador estacionario, que se dispuso el Dr. Juan Luis a calibrar, en lo que ellas acomodaban lo mejor posible al paciente, le colocaban los medidores de signos vitales y revisaban el correcto funcionamiento de las diferentes canalizaciones. Escuchado y atendiendo en el acto las indicaciones que el doctor iba pronunciando, le retiraron al paciente la bata con la que llegó, vistiéndolo con una del hospital. Como un sincronizado acto de magia, tras el alboroto al recibirlo la sala de terapia intensiva volvía a su ritmo habitual.

-Él es Víctor, 21 años -dijo el doctor con afable voz, mirando a las enfermeras-. Tuvo un accidente en auto el 9 de agosto, quedando politraumatizado y con lesión medular. Lo hospitalizaron en León y le hicieron fijación cervical C5-C6. Contrajo neumonía y el 15 quedó inconsciente. Me lo entregaron hace 3 horas con 36 de saturación, por lo que procedí a traqueostomizarlo para comenzar a descongestionarle los pulmones. El padre Alejandro -agregó volteando la cabeza hacia un individuo bajito que estuvo al margen durante las maniobras- nos dio la bendición y nos arriesgamos a traerlo. Estas 72 horas son vitales, así que se los encargo mucho-.

Apenas asintieron las enfermeras, la madre Silvia tomó la palabra. -Sabe usted doctor el cariño y dedicación con los que nos gusta atender a nuestros pacientes, más tratándose de un hermano del padre Chapis. No le faltarán cuidados y oraciones-, dijo al tiempo que tomaba al sacerdote del brazo, apretándolo efusivamente. -Eso ni lo dudamos, madre -pronunció el cura-, vamos a devolverle la salud a este muchacho, verá que Don Bosco y María Auxiliadora nos harán el milagro-.

Mientras el Dr. Juan Luis rellenaba unos formularios con las indicaciones médicas a seguir con Víctor, la religiosa permitió a sus padres (que llegaron también en la ambulancia pero permanecían expectantes en el lobby de urgencias) pasar a verlo. Aún sin recuperarse del espanto de que les hayan dicho que fueran pensando cómo llevarse a su hijo a Monterrey porque no iba a amanecer, el que estuviera en otras condiciones les transfundió un hilo de esperanza. -Don Víctor, doña Lupita -dijo el padre Alejandro de manera cariñosa-, siéntanse tranquilos. Está en manos de Dios y de esta santa mujer -mirando de reojo a la madre Silvia- que su hijo se recupere, y así será-.

II.

En medio del silencio que se cuela entre el continuo sonido de los aparatos médicos, se distiguió la alerta por el aumento del ritmo cardiaco de uno de los ingresados. Acercándose al cubículo 1, Sandra reviso las pantallas para cerciorarse de que todo estuviera en normalidad, descubriendo que el paciente balbuceaba con esfuerzos, y entre parpadeos y ligeros movimientos de cabeza volvía en sí paulatinamente. Se colocó a su lado y tomó con levedad su mano izquierda.

-Víctor, hola…, me llamo Sandra -le dijo con tranquilidad-. Es la 1:30 de la mañana del lunes 21 agosto, estás en el hospital Santa Margarita de Guadalajara -hizo una breve pausa antes de continuar-. Llegaste hace dos horas, estuviste inconsciente varios días. Afuera están tus papás, no te preocupes. Estás bien cuidado, aquí te vas a mejorar-.

Al escuchar a Sandra y sentir sus manos entre la suya, Víctor recuperó la calma. Sin poder responder a causa de la traqueostomía -que le calaba en el cuello como si de un dulce atorado se tratara-, saber que estaba en Guadalajara lo llenó de alivio y seguridad. Ya no había nada que temer, estaba en casa.

Pd:

Este evento sucedió (detalles más, detalles menos) hace 16 años. El pasado 17 de julio visité junto con mi madre a la «aliviada y sin sanar», que vive aún en el Hospital Santa Margarita, en el ala de hermanas con requerimiento de atención. Las ernias en su columna desde hace algunos años la retiraron del trabajo activo y la mantienen postrada. Cada viaje que hago a Guadalajara procuro visitarla y pasar algún rato con ella, una humilde manera de mostrarle mi gratitud por lo minuciosos cuidados que recibí de ella y su eficiente equipo de enfermeras el tiempo que permanecí internado allí, del 21 de agosto al 30 de septiembre del 2000, que fui trasladado a Monterrey. Hay tantas anécdotas de esos 40 largos, delicados pero entretenidos días que ya contaré en alguna ocasión. O tal vez no 🙂

madre

Decretando

Como algunos están enterados, el pasado lunes 17 de febrero fui sometido a un procedimiento quirúrgico, específicamente en la parte lateral exterior de la pierna izquierda, dando por terminado un largo (muy largo) idilio con una úlcera por presión que me aquejaba desde la década pasada. El resultado fue por demás satisfactorio y espero para mañana por la noche estar de vuelta en casa, donde pasaré otras tantas semanas en recuperación pero ya desde la comodidad del hogar.

Esto es dar un pasito auxiliar en el proceso que estaré llevando en el Instituto Nacional de Rehabilitación (Xochimilco) a partir de abril, entre tratamiento contra osteomelitis y más cirugías, para ‘recuperar’ la usabilidad de mi cadera, madreada también de años atrás y a la que por erróneos diagnósticos y desidia fui retrasando su atención, hasta caer el pasado enero en las buenas manos de los especialistas del INR.

¿Por qué compartirlo? En primera, porque desde hace años asumí ventilar parte de mis vivencias y pensares como una manera de interactuar con el «resto del mundo», propios y ajenos, tanto que hasta un libro brotó de ello. En segunda, a muchos de quienes terminarán leyendo estas líneas los considero amigos, compañeros de ruta, camaradas, hermanos incluso, y me interesa hacerles participe de estos detalles médicos que -anticipo- van encaminados a volverse una constante por algún tiempo. Y en tercera, porque escribir es para mí parte de una tarea de reconocimiento, asentamiento de lo vivido, espacio para aglutinar lo sucedido y darle forma en mi historial de vida, quedando por lo tanto registrado (como tantos otros eventos) y vuelto palabra.

Concluyo, además de agradeciendo sus porras, buenos deseos y muestras de afecto, compartiendo otra cosa a modo de decretarlo, e invitarlos de paso a que lo decreten conmigo. Tengo el vehemente deseo de aprovechar una visita a la capital del país la penúltima semana de abril -por consulta en el INR- para la presentación de Todo Cabe En Un en el DF, y el día (la noche más propiamente dicho) que tengo imaginado-vislumbrado-considerado es el miércoles 23 de abril, coincidiendo de la más casual de las maneras con el Día Internacional del Libro. A partir de hoy corren 2 meses para preparar aquello con el más cuidadoso de los detalles, no tengo ahorita más que el día definido, con seguridad estaré solicitando ayuda de varios de por aquí, pero habiendo amor y querencia las cosas fluyen. ¿Me acompañan?

De enfermedades, internamientos y fallecimientos de reyes del Pop.

Dos días después de mi cumpleaños, y con al menos dos semanas sintiéndome muy debilitado, aquella mañana amanecí con una fiebre espantosa que permaneció inmutable a pesar del baño con agua fresca horas antes y antibiótico intramuscular.

Papá me trajo el almuerzo pero era tal mi sensación de enfermedad, que por primera vez en 9 años le pedí que llamara a la EMME para que me trasladaran de urgencia al hospital. Si bien vivo a 30 minutos en coche de la clínica, me sentía tan mal que no deseaba correr el menor riesgo de empeorar en el trayecto, por lo que me era necesario vinieran en ambulancia para trasladarme y así contar con la asistencia indispensable.

A los 20 minutos llegaba a casa la unidad de emergencias. Mucha sorpresa le causó al paramédico que me tomó los signos vitales que rondara por los 40°C de temperatura. Recuerdo las palabras del doctor: «Antes no has colapsado, chavo». Después de colocarme un medicamento intravenoso para disminuir la fiebre se dispusieron a trasladarme al hospital, acompañado por mi madre. Por llegar en ambulancia fui ubicado inmediatamente en el área de urgencias, en donde me sacaron las muestras de sangre pertinentes para proceder al internamiento. Más sorpresa todavía enterarme que mi nivel de hemoglobina estaba en 5.3 (el mínimo recomendado es 10-11), lo que me tenía en un estado de anemia y debilitamiento del sistema inmunológico que abrió la puerta para adquirir una neumonía, diagnosticada posteriormente, de la cual ni enterado estaba.

Luego de un par de horas y recuperado por efecto del medicamento intravenoso de la fiebre que me azotaba, coincidiendo además con la hora de ingresos de internamiento (1 pm) fui llevado al segundo piso del hospital. La noticia del día hasta ese momento era el fallecimiento de Farrah Fawcett (popular protagonista de la serie Los ángeles de Charlie), la cual quedó completamente opacada poco después de las 2 pm cuando corrió como reguero de pólvora la noticia de la sorpresiva muerte de Michael Jackson a los 50 años de edad. De la misma me enteré escuchando alguno de los cortes informativos en el pequeño televisor con el que contaba uno de los pacientes en la habitación a la que había sido llevado, si bien mi plena concentración la ocupaba en mantener la calma y la esperanza con la confianza de que estando ya en el hospital las cosas tendrían que mejorar.

Y mejoraron. El 10 de agosto, tras varias semanas alejado de la computadora e Internet emitía de nuevo señales de vida. Cuatro años después, sin fiebre y con un adecuado nivel de hemoglobina, de nueva cuenta papá me trajo el almuerzo y le comentaba: «Hace cuatro años me trajiste de almorzar y te pedí que le hablaras a la EMME». Su parca respuesta fue: «¿Y eso por qué me lo dices?». Y no es descabellada su pregunta; ¿por qué lo hago, por qué escribo sobre ello? Porque escribo para no olvidarme, pero además, para recordar que voy dejando tras de mí una estela de alegrías, esfuerzos y vicisitudes de las que he aprendido y en las que me apoyo para continuar mi andar.