Este año

Este año me propongo vivir más y sufrir menos.
Volar, reír, viajar, amar.
Me propongo llegar hasta
donde me predispuse a no hacerlo,
para llenarme de la energía indescifrable
que ahí me espera.

Y después de eso… seguir haciéndolo.

Enero 2 del 2017
La Firma – San Telmo, Buenos Aires

Águilas Centenarias

Hace casi 9 años compartía un texto en Internet, como contexto para una historia familiar, del cual tomo un extracto con motivo del Centenario que hoy celebra el club de fútbol mexicano Águilas del América. Comparto con gusto:

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Antes de comenzar, me es menester hacer una confesión, dolorosa, cierto, pero necesaria para la compresión de lo que contaré más adelante. Lo que pienso confesar, si bien no es un delito del fuero común, tampoco es algo que uno pueda andar diciendo así tan tranquilo por la calle, por lo que agradezco su comprensión y discreción. Pues bien, la revelación en cuestión es que de pequeño le fui a las Águilas del América. Sí, leyó usted bien, simpatizaba con el equipo de fútbol de Televisa.

Siempre me ha gustado el futbol, verlo, y cuando pude, jugarlo, aunque para esto nunca conté con muchas habilidades. Respecto al rubro de apreciarlo, el espacio preferencial era la televisión, seguir la transmisión dominical del partido de las Águilas en una época en la que el equipo de Coapa barría con quien le pusieran enfrente. Y cómo no con tremendo cuadro de lujo: Adrián Chávez en la portería, Alfredo Tena, Guillermo Huerta, Efraín Herrera en la defensa; Cristóbal Ortega, Gonzalo Farfán, Carlos de los Cobos y Roberto Alderete en la media; Antonio Carlos Santos, Carlos Hermosillo, Luis Roberto Alves ‘Zague’ y Adrián Camacho como delanteros. Conforme crecí les seguí la pista hasta la temporada 90-91, cuando fueron derrotados en la fial por los Pumas de Ricardo El Tuca Ferreti, Alberto Aspe, Luis García, Ramírez Perales, Luis Patiño, Claudio Suárez, Jorge Campos y compañía.

aguilas

Asimismo, conforme fui tomando conciencia de mi regiomontaneidad me incliné desde un principio por el equipo de los Tigres de la UANL. Recuerdo a mi papá llevándome al Estadio Universitario en algunas ocasiones, comencé a seguirlos en los noticiarios y tratar de encontrar los partidos de local en la antena parabólica buscando el satélite Morelos 1, y claro, comencé a aborrecer a los rayados… en fin, emergió mi amor por la causa felina y sepultado el americanismo…

(abril 18, 2007)

4 de octubre tampoco se olvida (Tríptico)

I

No encontramos a mi hermano. Hace un par de días salió a una marcha, de las tantas organizadas por los revoltosos de la UNAM, que nomás están chingando y lo que menos quieren es ponerse a estudiar y volverse personas de bien como uno. Es un vago hijo de la chingada, pero mi viejecita está preocupada porque no ha vuelto, y como hermano mayor me toca andar preguntando de hospital en hospital, delegación por delegación, si en algún lado tienen noticias de él.

Recuerdo cuando salió de casa, con sus fachas de siempre y su apariencia de me vale madre todo que me caga. Hijo de la chingada. Él no tuvo que chingarse en el campo, andar descalzo entre la milpa arrancando mazorcas, recoger a su padre tirado de ebrio afuera de la cantina. Por suerte el tío Alejandro, ya con unos años acomodado en la capital, le cumplió a su hermana la promesa de sacarla del rancho, y allá dejamos lo poco que teníamos, incluso al cabrón que nos dio la vida. A estos años de seguro ya murió de cirrosis hepática o alguna de esas chingaderas de las que suelen petatearse los borrachos.

Leí en el periódico de ayer que se pusieron feas las cosas. Y bien merecido se la tienen: fíjate que meterse con el gobierno, si serán pendejos. Más faltando pocos días para las Olimpiadas y que se llene la ciudad de deportistas y gente de todas partes del mundo. ¿No podían de dejar de chingar un ratito? ¿No valoran que tienen la oportunidad de estudiar, de progresar, de mejorar en la vida? No como uno que se hizo a golpe de chingadazos y miseria, que se levantó de lo más bajo y que nunca ha dejado de ver por su familia. Y así nomás a la cómoda andan ahí como mi hermano, protestando por no sé qué pendejadas hasta que le colmaron el plato a la autoridad, y aténganse a las consecuencias.

Pero este cabrón tiene tanta suerte que dudo le haya pasado algo malo. Y es tan guevón que seguro iba hasta mero atrás en la manifestación, entre esos que no alcanzaron a colarse a la plaza, donde según me contó una de las enfermeras del Xoco, sí hubo varios heridos y hasta muertos. ¿Quién chingados los trae en el mitote? Ya se las habían advertido y ahí van de nuevo. Si esas no son ganas de joder, no sé qué más puedan ser. Chamacos apendejados con las consigas de dos, tres lidercillos de clase acomodada, que con sus atuendos de intelectuales y aires de incomprendidos, copias baratas del Che Guevara, se atreven a hablar de las luchas sociales. Lúchenle en la obra, en la milpa, en la fábrica, de sol a sol hasta que las manos se les llenen de llagas y no quieran más que revolcarlas en harina pa’ descansarlas tantito.

Me encontré a una señora, derrumbada a lágrimas afuera de otro hospital que visité. Me dio curiosidad preguntarle por qué lloraba, pero alcancé a ver que abrazaba una mochila ensangrentada. Andan muchos papás igual que yo, desesperados, con la angustia de que sus chamacos hayan pasado a mejor vida o estén gravemente heridos. Si los hubieran educado mejor no andarían con esos pendientes. Pero seguro eran de los de “ándele mijo, no se deje, luche por sus ideales”. Y ahorita, a sufrirle. Pero qué chingados puedo decir yo, que ando en las mismas. Lo que hace uno por una madre.

Espero que al volver a casa ya esté mi hermano ahí. Seguro mi viejecita le va preparar unos molletes de frijolitos con chorizo mientras se baña, y se los va chingar muy horondo aventado en el sofá con las patas sobre la mesita de centro y viendo agustote la televisión. Lo agarro de los huevos al cabrón y lo pongo a recoger su cuarto que lo tiene como un chiquero. Y de ora en delante cuál permiso pa’ las marchas, pa’ los mítines. Que se dedique a estudiar que no tiene otra cosa en qué ocuparse, o lo mandamos de vuelta al rancho pa’ que aprenda lo que es la vida dura, faltaba más.

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Hace un año que no sabemos nada de mi hermano. Y mi viejecita sigue ahí en la sala, asomándose por la ventana, esperando que llegue para prepararle sus molletes de frijolitos con chorizo, esos que tan buenos le quedan a la condenada.

La cita

No están ustedes para saberlo pero hoy tuve una cita.

Desperté temprano, me bañé, y me apresuré con los quehaceres laborales de la mañana para no dejar pendiente alguno. Faltando una hora, salté a la silla y me peiné meticulosamente; lavado de dientes y loción completaron el ritual… ¡listo! A subir a la camioneta y salir de casa, ansioso.

Conforme recorría el camino hasta el lugar del encuentro, los nervios se iban apoderando de mí, que traté disipar echando un ojo en Twitter y leyendo las loas y reproches a la carrera de Zabludovsky, que hoy tuvo la suerte de pasar a ¿mejor? vida. En cuestión de minutos estaba ya ahí, buscando la calle exacta, el número exacto, y el lugar exacto donde estacionarme para bajar. En cuanto se detuvo la camioneta la observé por la ventana. Me esperaba ya en la puerta de su casa, que tenía abierta como velado gesto de recibimiento.

Bajé, crucé la calle y atravesé la pequeña cochera, hasta donde salió a recibirme para ayudarme a completar el trayecto. Imposible no apreciar sus bellos ojos, a pesar de la prisa del recibimiento y el entrar a su casa, con más precisión hasta su sala, donde luego de acomodarme ocupó el sofá más cercano a mí.

—Ahora, sí, con más calma. Hola, qué gusto conocerte.

—Hola, el gusto es mío. Seguro lo escuchas tres veces al día, pero qué bonitos ojos tienes -le digo mientras sonríe un poco, permitiéndome constatar que también es de linda sonrisa.

—Gracias… -hace una pausa para decirme, de manera relajada pero precisa: —Y cuéntame, ¿qué es lo te trae por aquí?

Y así, comenzamos a conversar. Hablé más de la cuenta, como suele pasarme. Me escuchó con mucha atención, como lo deseaba. Nos volveremos a ver, ¡qué maravilla! Cada viernes, de 2 a 3 de la tarde, hasta que me sienta curado.

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En tercera fila

Estaba ahí, sentadita en tercera fila. La vi cuando me dirigía a la mesa de panelistas. Pasé a su lado y la aprecié de reojo en su estrecho vestido azul marino, de escote breve pero suficiente para provocarme un suspiro que se alojó entre mis piernas.  Tuve que acelerar el paso y ocupar mi lugar.

Comenzó la presentación y el parloteo de los participantes. Mi único interés consistía en esquivar a las personas acomodadas en los primeros asientos, buscando discretamente contacto visual con ella. Mis esmeros resultaron inútiles, y el tiempo transcurrió veloz hasta llegar el momento de mi intervención.

Terminé de hablar y dirigí la mirada a la tercera fila. Sin encontrarla, a lejos la distinguí abandonando el auditorio, tomada de la cintura por su marido. Como otras noches me quedé con los aplausos, que cambiaría sin dudar por al menos saber su nombre. Lo demás, puedo escribirlo.

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Imagen: ismael villafranco