Crecer

Hay un día en la vida, tan impactante que quizá por eso ni lo recordamos, en el que comenzamos a crecer. Ese en el que nuestro compañero o compañera de juego, nuestro cómplice y aliado en volver el transcurrir del día toda una aventura, nos abandona por algunas horas porque empieza a ir a la escuela. De repente esas mañanas que eran de juegos e imaginaciones compartidas se vuelven monólogos larguísimos donde no sabemos existir y del que nadie nos previno. Y así de la nada, esa mañana que jamás recordaremos nos comenzamos a tutear con la pérdida, sin sospechar que se volverá compañera por el resto de vida, a veces más o a veces menos presente, pero testiga siempre de lo que vayamos haciendo por este mundo.

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Y una tarde de domingo abres tu laptop, el navegador, te diriges al Chrome. Abres Drive, vas a la carpeta que tiene varios años guardando una colección de fotos que pasas a ver muy de vez en cuanto pero que te gusta tener porque te recuerdan ese mes que sentiste feliz con el cariño de esa mujer tan bonita, tan inteligente, tan sabrosa. Que te movió el tapete al darte su tiempo, su atención, su intimidad sin importarle no conocerte del todo, bastándole lo que vio de sinceridad —también de tristeza— en el brillo de tus ojos.

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20 años: -13

En enero del 2001, a dos meses de haber salido del trance hospitalario en el que estuve desde el 9 de agosto hasta el 2 de noviembre previos, recibí como regalo de Reyes Magos la asignación del Padre Jaime Reyes Retana a la Parroquia de María Auxiliadora, en mi natal Guadaluoe, para cumplir entre sus actividades pastorales lo que llamaré sin eufemismo: mi cuidado.

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20 años: -14

Ayer, tomando las pertinentes medidas, tuve la gracia de compartir un mensaje de despedida y consuelo a la familia cercana a mi prima mayor, por el fallecimiento de su suegro.

A modo de contexto, desde allá por el ’98 que falleció mi abuela, me ha sido encomendado de ambos lados de la familia ser el Palabrero no oficial en ocasiones como ésta, lo que hago con gusto y la responsabilidad de acercar un pensamiento de serenidad y gozo en medio del dolor y la tristeza.

Esta cápsula del tiempo quiero dedicarla a «mis muertos» en lo que va del siglo, que a decir verdad, han sido pocos. Entre la familia nuclear cuento a mi abuelo Juan, a su hija, mi tía Lupe, a mis tíos Chema y Licha, hermanos de mi madre, a mi prima Santa Cecilia, hija de Licha.

También han fallecido amistades y personas significativas en mi vida, sin ir tan lejos el Padre Evaristo recientemente; hace ya algunos años don José, papá de mi amigo Pepe; mi amigahermana Nora, que desde que me conoció me tuvo un cariño muy cálido y fue doloroso enterarme de su fallecimiento a tiempo después de haber sucedido.

Seguro en años venideros seguirá creciendo la lista porque se nos viene La Vejez© a la camada a la que pertenezco. Y -nunca estorbará- agradezco haberme escapado hace 20 años de ingresar a la que tal vez en algún lugar y momento hubiera escrito alguien más.

Consummātum Est – 6/VIII/20