La mañana que no fue

Hubo una mañana en la no desperté a las 4 am en la Ciudad de México para meterme a bañar con agua fría y estar lo más despierto posible. Tampoco me subí a una Combi junto a varios amigos con destino a Irapuato, y por lo tanto, no se volcó dicho vehículo antes de llegar a Salamanca. No nos tuvieron que llevar a la Cruz Roja municipal, ni hubo necesidad que me trasladaran de mayor urgencia a un hospital en León ante la gravedad de mi lesión. Nada de esto sucedió la mañana del 9 de agosto del 2000.

En su lugar, esa mañana desperté a las 7 am en la casa de mis padres, en Monterrey. Me bañé sin prisa, me vestí formal porque tenía diligencias que cubrir en distintos juzgados, desayuné el licuado que mi madre religiosamente preparaba para todos cada mañana antes de irse a su escuela, organicé los papeles que debía entregar y tomé el coche rumbo al centro de la ciudad. Visité los juzgados, entregué y recogí papelería, solicité más documentos para diversos juicios que llevábamos en el despacho, y almorcé unos tacos en Escobedo y Allende. Terminando le llamé de un teléfono público a Maribel y nos pusimos de acuerdo para vernos durante su hora de comida. Antes de subir de nuevo al coche vi a Héctor y alcanzamos a saludarnos con un par de efusivos gritos.

Mientras conducía rumbo al despacho y al pasar por una iglesia me apareció como un destello en la cabeza un sueño que recordaba haber tenido, pero que al despertar olvidé por completo. En él viabaja en carretera con otras personas y súbitamente el vehículo se salía del camino. Una hora después, me sacaban con extremo cuidado para subirme a una ambulancia, en la cual perdí por completo el conocimiento. Del sueño no recordaba más, posiblemente en ese momento había despertado. Respiré profundo, sacudí la cabeza, tomé con firmeza el volante y musité: “No vuelvo a cenar de esos tacos”.

El mar

Me gusta visitar de vez en cuando el mar para recordar de qué trata la vida. Es que hay tantas lecciones que nos regala con tan sólo admirarlo. Pero no con una mirada juiciosa, altiva: se necesita una mirada humilde, necesitada de aprender. Continúa leyendo El mar

Atardecer

Te pedí que recordaras el más bello atardecer que habían contemplado tus ojos. Me gustaba ver tu cara cuando te hacía todo tipo de preguntas extrañas, inesperadas. Esa ocasión no fue la excepción. Como pudiste, sonreíste y levantaste ligeramente la cabeza, buscando en esa parte del cerebro donde se guardan los recuerdos, el más bello de los atardeceres acumulados. Continúa leyendo Atardecer

Desterrar

Decidir dejarte no fue fácil, ¿quién como tú para enloquecerme, para alzarme al cielo, para hacerme soñar, reír, ilusionarme, creer? Ese fue mi error, creer de más -uno siempre cree-. Por eso debo cortar de tajo, arrancarte de raíz, dejarte con “lo nuestro”, con lo que “tuvimos” y empezar de cero, con muchos kilómetros de por medio. Continúa leyendo Desterrar

Habana

Vine a morirme a La Habana. No sé si me tome un par de semanas, tres meses o cuatro años, pero lo tengo decidido. Que sean su calor, su sal, su humedad, su olor, sus ruidos, sus calles con edificios derruidos, sus sexosas mujeres, sus avispados hombres, su morbo, sus sueños incumplidos, sus promesas, las que consuman los últimos días de mi vida. Continúa leyendo Habana