Crecer

Hay un día en la vida, tan impactante que quizá por eso ni lo recordamos, en el que comenzamos a crecer. Ese en el que nuestro compañero o compañera de juego, nuestro cómplice y aliado en volver el transcurrir del día toda una aventura, nos abandona por algunas horas porque empieza a ir a la escuela. De repente esas mañanas que eran de juegos e imaginaciones compartidas se vuelven monólogos larguísimos donde no sabemos existir y del que nadie nos previno. Y así de la nada, esa mañana que jamás recordaremos nos comenzamos a tutear con la pérdida, sin sospechar que se volverá compañera por el resto de vida, a veces más o a veces menos presente, pero testiga siempre de lo que vayamos haciendo por este mundo.

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Y una tarde de domingo abres tu laptop, el navegador, te diriges al Chrome. Abres Drive, vas a la carpeta que tiene varios años guardando una colección de fotos que pasas a ver muy de vez en cuanto pero que te gusta tener porque te recuerdan ese mes que sentiste feliz con el cariño de esa mujer tan bonita, tan inteligente, tan sabrosa. Que te movió el tapete al darte su tiempo, su atención, su intimidad sin importarle no conocerte del todo, bastándole lo que vio de sinceridad —también de tristeza— en el brillo de tus ojos.

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#QuédateEnCasa: Cuando lo pidieron, ya estábamos allí


Éstos encontraban un consuelo en sus momentos difíciles imaginando que había otros menos libres que ellos. «Hay quien es todavía más prisionero que yo», era la frase que resumía la única esperanza posible.

Albert Camus, La Peste

Para cuando el Gobierno de México anunció la Jornada Nacional de Sana Distancia del 23 de marzo al 30 de abril (extendida después hasta el 30 de mayo), propagando el mensaje de «quedarse en casa» como parte de la contingencia por el Covid-19, muchos mexicanos y mexicanas ya teníamos meses, años, incluso décadas de estarlo cumpliendo. Me refiero a las personas con discapacidad, que según la Organización Mundial de la Salud es alrededor del 10% de la población, quienes encontramos con frecuencia una variedad de obstáculos para tener un desenvolvimiento aceptable fuera de nuestra vivienda. 

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Recuérdenme

Cuando muera, recuérdenme no por la persona que fui, sino por la que quise ser.
Recuérdenme no por una silla de ruedas, sino por los brazos que no se cansaron de moverla.
Recuérdenme no por una barba desaliñada, sino por la sonrisa, a veces escueta y otras desparpajada, que dejaba ver una dentadura chueca e incompleta.
Recuérdenme por la música que escuché, los libros que recomendé, las películas que vi una y otra vez.
Recuérdenme por las ilusiones que albergué, los sueños truncos, los bofetones que la realidad me dio cuando las expectativas se quedaron cortas.
Recuérdenme por tonto, atrabancado, imprudente, tosco, sonso, muchas veces impertinente pero pocas mal intencionado.
Recuérdenme por las risas, las anécdotas, los tacos y cervezas que compartimos.
Recuérdenme por las ganas de cambiar poquito el mundo, por la desesperación de no poder correr para conseguirlo.
Recuérdenme incluso por las veces que les quedé mal, que fallé a mi palabra, que no devolví el cariño que me brindaron.

Hoy, henchido de vida, se los pido: cuando muera recuérdenme.