Gravity, de Alfonso Cuarón

Pocas veces se tiene oportunidad de ser contemporáneo directo de la que a todas luces, con el tiempo, quedará catalogada como una de las mejores películas del Siglo XXI. Sí, apenas han transcurrido 13 años en este nuevo milenio pero por lo filmado hasta ahora, y lo grande que resulta GRAVITY en múltiples sentidos, no son palabras desprendidas por el fervor colectivo de momento.

Estrenada en la inauguración de la edición anual del Festival Internacional de Cine de Venecia el pasado mes de agosto, como reguero de pólvora fueron esparciéndose halagadores comentarios a su favor, mismos que florecieron al llegar por fin su estreno comercial en Estados Unidos -octubre 4-, algunos quizás despertando mayor expectativa en vísperas de su llegada a salas mexicanas. Por mencionar tan sólo uno: Why ‘Gravity’ Could Be the World’s Biggest Avant-Garde Movie.

Llegó la medianoche del 18 de octubre y decenas de salas a lo largo y ancho del país se abrieron para recibir a miles de ávidos entusiastas del cine de ciencia ficción, de las historias desarrolladas en el espacio, de quienes soñaron de niños con ser astronautas, de admiradores del trabajo de Alfonso Cuarón, constante en el medio desde 1991 con su Sólo con tu pareja. La emoción por descubrir un tesoro sin ser bombardeados con el paso de días de la variedad de opiniones de quienes ya la habían visto nos hizo a muchos apersonarnos cuanto antes en nuestra sala de 3D de preferencia para consumar el encuentro con la cinta.

¿De qué fuimos testigos durante 91 minutos? De una experiencia que desde la primera escena te traslada hasta el escenario en el que se desarrollará en su totalidad: el espacio y su inmensidad, donde como granos de arena en una extensa playa se desenvuelven dos astronautas afuera de su transportador haciendo trabajo de mantenimiento a un telescopio. Uno de ellos más metido en las tareas, la Dra. Ryan Stone (Sandra Bullock). Por su parte, el veterano comandante del equipo, Matt Kowalski (George Clooney), pasea maravillado ante lo que resultará su última misión, externando cuánto extrañará ver el amanecer de la Tierra desde fuera de ella, en una escena que nos evoca de inmediato el ambiente retratado por Kubrick en su epopéyica 2001: A Space Odyssey.

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Pero a diferencia de éste, y aun gozando de la magnanimidad que otorgan las nuevas tecnologías, Cuarón se refugia en el interior de sus personajes para desarrollar la historia, con uno principal (Bullock) y otro de comparsa que a los pocos minutos tendrán que separar sus destinos para que sea solamente el destinado a vivir, el que tenga asuntos pendientes qué atender o merezca una segunda oportunidad, quien asuma la misión de sobrevivir, y más que ello, volver a la Tierra tras un catastrófico accidente que los ha dejado a la deriva y sin el menor de los contactos con el resto de la humanidad. Por muy corto tiempo le corresponderá a Kowalski fungir como el Señor Miyagi o el Maestro Jedi Yoda de la Dra. Stone, y es imposible no traer a nuestro inconsciente emotivos momentos que guardamos de tutorías similares a lo largo de las películas que hemos presenciado y añoramos.

Para el momento de la emancipación de la discípula, estamos ya por completo sumergidos en su traje, y sin percatarnos, también  embarcados en una lucha por nuestra supervivencia a la que le quedan menos de 60 minutos para definirse. Esto no es cosa menor: las batallas externas del personaje, aleccionado con sabiduría por su efímero tutor, se contraponen a la interna: esa experimentación de una soledad más cabrona que la de estar salvando el pellejo a 400 kms. de distancia de la superficie terrestre. Los pocos momentos de conversación entre Kowalski y Stone nos permitieron conocer de su vida y su mayor pesar, y resulta imposible permanecer inalterable emocionalmente ante ello.

Es aquí donde aprecio la maestría de Cuarón en la conducción de la película: una más que atinada combinación de recursos tecnológicos, emocionales, psicológicos y hasta espirituales para ir tejiendo una resistente red en la que sin el menor de los reparos nos hace saltar, ayudado de una convincente interpretación de Bullock que sí bien nos tiene acostumbrados a verla en retos a contrarreloj desde Speed (1994; vaya usted a saber qué tanto tenerla en el inconsciente registrada como la compañera de Keanu Reeves en la misión de salvar aquel autobús nos ayuda a conferirle credibilidad en esta nueva hazaña), ahora nos conmueve con su fiel encarnación del papel que desempeña. Y aún en el momento de máxima soledad y abandono no fallece en su interior esa chispa de esperanza, latente en todo ser humano, que la lleva a tomar en sus manos -literal- las riendas de su salvación.

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La recta final de la película es lo más parecido a una carrera de obstáculos, apareciendo intrínseco el espíritu de Chariots of Fire y otras tantas cintas en donde el protagonista es exigido al máximo para alcanzar su cometido, pero éste ya goza de la unción de los dioses y la energía de los 300, 400 espectadores en cada sala que se suman en la consecución de objetivo, y no estamos dispuestos a ceder un ápice. Es tal la comunión de los presentes con la protagonista que el silencio reinante permite a la música de fondo adueñarse con plenitud de los sentidos y hacer lo suyo, como de magistral manera lo ha hecho en Star Wars, Superman, The Mission y muchas más. Una escena final llamada también a volverse icónica entre las tomas que marcarán una generación corona el espectáculo, triunfante al fin, al que cada espectador alrededor del mundo ha sido sometido.

Figuradamente «puede cerrarse el telón» pero ninguno podrá continuar su vida de la misma forma después de abandonar la sala.

Haiyáng Tiantáng (Ocean Heaven), de Xue Xiaolu

El día de ayer, como cada tercer domingo de junio en México, celebramos el Día del Padre. Con tal motivo si bien algunas horas después comparto con ustedes esta modesta reseña pero fervierte invitación para que busquen y vean -está disponible en torrent- la película Haiyáng Tiantáng, Ocean Heaven.

A esta película china le correspondió la inauguración del Festival Internacional de Cine de Shanghai 2010, y está dirigida por Xue Xiaolu, que además de profesor en la Academia de Cine de Beijing, se ha desenvuelto como voluntario por más de 14 años en la ONG Beijing Stars and Rain para apoyo de niños autistas.

Haiyáng Tiantáng nos narra la historia de Sam Wong, el afanoso padre de Dafu, chico de 21 de años y que padece autismo, por lo cual buena parte de su rutina la invierte en su cuidado. La madre de Dafu falleció cuando éste tenía apenas 7 años y desde entonces Sam Wong ha sido padre y madre para el chico, combinando las atenciones que le merece con su modesto trabajo en un parque acuático, en el cual Dafu ha crecido y adquirido excelentes habilidades para nadar.

Sin embargo, a causa de su edad un padecimiento de salud empuja a Sam Wong a buscar quién pueda correr con la tutoría de Dafu en su ausencia, encontrándose con la encrucijada de que por su edad es demasiado grande para permanecer en un orfanatorio y demasiado chico para ingresar a un asilo. Xue Xiaolu nos coloca en los zapatos de Sam Wong en esta delicada y complicada búsqueda a contrarreloj, la cual significa al mismo tiempo el comienzo de un proceso de despedida de su hijo, por encima de lo poco que éste pueda comprenderlo.

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Las actuaciones son magníficas y el tema del autismo así como el rol que juega en este caso un papá en tal circunstancia es abordado con tal maestría que la recomiendo encarecidamente para padres en dichas circunstancias, así como para todo aquel dispuesto a experimentar con otros ojos lo complejo pero a la vez tan maravilloso que una discapacidad de cualquier tipo conlleva.

El mago de Viena, de Sergio Pitol

Retomando las recomendaciones que comparte Javier Aranda en su cápsula literaria del programa El mañanero viernes tras viernes (como hice con Memorias de un amante sarnoso y NADA), y aunque a algunas semanas de ella, me dispuse a localizar y leer EL MAGO DE VIENA (2005), autoría del mexicano Sergio Pitol.

No podría continuar sin hacer antes la siguiente -y penosa- confesión: me era completamente desconocida la existencia del también traductor y diplomático poblano nacido en 1933 y merecidísimo miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1997. Amainó un poco mi sensación de ignorancia la nota que encontré en El Cultural cuando me interné a documentarme sobre su vida, refiriéndose a Pitol: «El escritor mexicano no acostumbra a figurar en la nómina de la que podría ser su natural promoción latinoamericana». Obvio que tan simple argumento no es suficiente para disculpar mi carencia de conocimiento respecto a su obra. Otro pretexto que encuentro a la mano es que puede considerarse cuentista y este género literario no está entre mis asiduos.

Pasando a la reseña propiamente dicha, mediante El mago de Viena Pitol se aventura en una especie de autobiografía de su faceta literaria, a acercarnos hasta un camino amarillo en el cual vamos conociendo desde su perspectiva e entrañable intimidad a una variedad de autores: de Gao Xingjian a Carlos Monsiváis, de Joseph Conrad a Enrique Vila-Matas (a quien le une una fervorosa amistad por encima del común desempeño profesional), de James Joyce a José Luis Borges, convirtiéndose en un exquisito manual para aquellos interesados en tener una noción general más no ausente de profundidad de lo que podrían considerarse imprescindibles de la literatura del siglo XX. Todo ello aderezado por un nutrido repertorio de anécdotas a través de las cuales también nos va dibujando su personalidad creativa y develando las motivaciones más intrínsecas de su vocación de escritor:

Soy consciente de que mi escritura no surge sólo de la imaginación, si hay algo de ella su dimensión es minúscula. En buena parte la imaginación deriva de mis experiencias reales, pero también de los muchos libros que he transitado. Soy hijo de todo lo visto y lo soñado, de lo que amo y aborrezco, pero aún más ampliamente de la lectura, de la más prestigiosa a la casi deleznable.»

De paso, y sin proponérselo expresamente, El mago de Viena se convierte en un sentido testamento donde un viejo Pitol, haciendo recuento de anotaciones antiguas y recientes (2004), dispone para quien quiera beberlo suculento cáliz con un profundo sabor a la sabiduría que sólo los años conceden, y por lo tanto valioso instrumento para enamorarse más del oficio de escribir.

El escritor sabe que su vida está en el lenguaje, que su felicidad o su desdicha dependen de él. He sido un amante de la palabra, he sido su siervo, un explorador sobre su cuerpo, un topo que cava en su subsuelo; soy también su inquisidor, su abogado, su verdugo. Soy el ángel de la guardia y la aviesa serpiente, la manzana, el árbol y el demonio.»

Sirva lo anterior como sentida invitación tanto a leer este libro como a conocer el resto de la producción de Pitol, que sin los reflectores que sobre sí han contado Fuentes, Paz, y Monsiváis, tiene ya su lugar ganado entre los máximos exponentes de la literatura mexicana contemporánea.

Mientras escribo, de Stephen King

Haciendo un repaso entre la nada escasa cantidad de «libros para escritores», como resultan Bartleby y Compañía y Cartas a un joven novelista, me encontré con MIENTRAS ESCRIBO (On Writing: A Memoir of the Craft, 2000) de Stephen King, que por la nutrida y exitosa trayectoria literaria de su autor me animé a leer.

Vale mencionar que ni King ni el género que usualmente aborda (terror/ciencia ficción) se cuentan entre mis predilecciones. De su obra hasta el momento sólo he leído El resplandor y Misery, además de conocer algunas más por su adpatación cinematográfica (Carrie, Cujo, Christine, It, El pasillo de la muerte…). Mas el hecho de colocarse en la lista de escritores más vendidos del siglo XX me despertó particular interés por conocer qué puede contar de su oficio, el proceso de escribir.

Comienza Stephen dejando claro que sin pretender escribir una autobiografía, le merece para contextualizar ponernos al tanto de algunos pasajes de su vida, desde su infancia hasta 1997, fecha en la que comienza el manuscrito de Mientras escribo. Lo hace sin adornos, exageraciones ni condescendencias, llamando en el común de los casos las cosas por su nombre (como su etapa de alcoholismo y drogadicción), consiguiendo ponernos al tanto de sus inicios en la escritura, las motivaciones que tuvo y el largo recorrido a partir de la invitación que le hiciera su madre -tenía en aquel entonces no más de 8 años- a escribir su propio cuento (a esa edad era ya un asiduo consumdor de historietas), el cual versó «sobre cuatro animales mágicos que iban en un coche viejo ayudando a los niños».

A tal grado fue su dedicación y esmero que 20 años después vería publicada su primer novela: Misery, 1974. Es vehemente King en reiterar que la abundante lectura y escritura son las principales herramientas que pueden conseguir que un escritor «aceptable» pueda volverse «bueno»:

Yo aprendí la parte más valiosa (y comercial) de lo que sería mi oficio lavando sábanas de motel y manteles de restaurantes en la lavandería New Franklin de Bangor. La mejor manera de aprender es leyendo y escribiendo mucho, y las clases más valiosas son las que se da uno mismo.»

Sin embargo, también comparte otra serie de recursos y técnicas de amplia valía apoyándose en la metáfora de una surtida y portatil caja de herramientas con varias alacenas desplegables de las que el escritor va tomando aquellas habilidades que mejor repercuten en su propósito: contar una historia. Utiliza, además, una variedad de ejemplos tanto de su obra como de populares escritores norteamericanos para volver más didáctica su enseñanza, sin llegar al extremo de pontificar.

Mientras escribo resulta un ameno estimulante para los que estamos haciendo nuestros pininos en el fascinante mundo de las expresión escrita con la intención de vivir de y para ello, sin olvidar la premisa de que entre más tiempo dediquemos a hablar sobre escribir menos tiempos estamos dedicando a hacerlo.

Nadie puede aspirar a seducir a una persona por la fuerza de la escritura hasta no haberlo experimentado personalmente.»

Alien, de Ridley Scott

En una función más de Cinema Terraza, se presentó la fenomenal e icónica ALIEN (1979), dirigida por Ridley Scott, que dio paso a toda una saga conformada por cuatro cintas y complementada recientemente con el lanzamiento de la precuela Prometheus.

Vale la pena señalar que la recta final de la década de los 70s gozó de un alza significativa de películas que con los años se convirtieron en clásicos. Basta mencionar Star Wars, Close Encounters of the Third Kind, The Deer Hunter, Grease, Midnight Express, Superman, Halloween, Kramer vs. Kramer, Apocalypse Now y Star Trek. Entre ellas se coloca Alien, que nos traslada hasta algún momento en el futuro a bordo del remolcador espacial U.S.C.S.S. Nostromo de regreso la Tierra proveniente del planeta Thedus y los siete tripulantes despertando de su estado de sueño criogénico a causa de una alerta en el sistema que detiene el viaje tras recibir una transmisión de origen desconocido proveniente de un planetoide cercano y que están en compromiso de averiguar.

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Lo que presenciamos a continuación es la amarga experiencia -aderezada por una nada grata sorpresa- de verse atacados en su propia nave por un espécimen alienígena (lo que le otorgó el título en español de Alien, el octavo pasajero), por lo cual la tercer oficial Ellen Ripley, protagonizada enérgicamente por Sigourney Weaver y que para ese entonces sólo había participado como personaje de relleno en una cinta, debe tomar la responsabilidad de luchar y sobrevivir o morir en el intento.

Cinta de culto tanto para los amantes del género como para los cinéfilos de hueso colorado, Alien es un imperdible y rotundo clásico del cine de ciencia ficción que a 34 años de su estreno no deja de estremecer.